¿A qué se le conoce como el Chernóbil mexicano? aquí se lo explicamos, mientras una fuente radioactiva fue robada en la región y está perdida

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El 25 de noviembre de 1977, el Centro Médico de Especialidades de Ciudad Juárez adquirió una unidad de tratamiento con cobalto-60 fabricada en Estados Unidos.

Aunque su importación requería un permiso, el organismo pertinente «nunca fue avisado» y por ende «jamás extendió la autorización».

Pasaron seis años hasta que, en diciembre de 1983, el técnico de mantenimiento de la clínica Vicente Sotelo Alardín, sin saberlo, inició el incidente.

El trabajador «desarmó el cabezal de la unidad y extrajo de allí un cilindro en cuyo interior se encontraba el cobalto-60, La operación la realizó sin ninguna ayuda», dice la investigación.

Sotelo perforó la fuente blindada de cobalto-60, lo que causó la salida de material radiactivo.

Debido a que el cilindro con la fuente radiactiva pesaba unos 100 kg, Sotelo Alardín le pidió ayuda a un amigo, Ricardo Hernández, para trasladar el material en una pequeña camioneta de carga.

Viajaron hasta un local de compra-venta de chatarra llamado Yonke Fénix, en el sur de Ciudad Juárez, donde vendieron lo obtenido.

Sin embargo, la manera en como el aparato fue perforado y trasladado dio pie a que el incidente tuviera consecuencias todavía más graves.

«La verdad es que nunca nos avisaron que esa máquina tenía contaminación. Había muchas cosas arrumbadas: aparatos de ventilación, catres y todo eso y, la verdad, ni un solo letrero con una calavera o algo así», dijo Sotelo Alardín al semanario Proceso en 1984.

El trabajador había perforado el cilindro que contenía 6.000 gránulos o «pellets» de cobalto-60 y una cantidad indefinida de ellos quedaron regados en la camioneta usada, en el patio de Yonke Fénix, en las grúas y otros vehículos del negocio y hasta en las calles de Ciudad Juárez.

Pero los dos grandes focos de radiactividad fueron la camioneta y el depósito de chatarra, de donde salieron materiales que fueron usados en varias construcciones, fraccionamientos residenciales, edificios.

La activación de alarmas en un centro de investigación nuclear en el suroeste de Estados Unidos fue el primer indicio de que algo andaba mal.

En la carretera que pasa por el Laboratorio Nacional de Los Álamos, Nuevo México, transitaba un camión de carga en enero de 1984 que activó los detectores de radiación de ese, el lugar donde se fabricó la primera bomba atómica.

Una cámara del exterior ayudó a detectar que el vehículo, que pasaba por simple coincidencia por ahí, tenía un elevado nivel de radiación.

La investigación de su origen llevó hasta Ciudad Juárez, México, donde ya estaba en marcha el mayor incidente nuclear de su tipo en América dada la extensión que abarcó.

Y es que miles de toneladas de varilla de construcción quedaron contaminadas con cobalto-60 y este material fue comercializado en 17 de los 32 estados de México, entre ellos Guanajuato, y se han identificado edificios “salados” en León, que están abandonados porque fueron hechos con esa varilla radioactiva y son inhabitables, se dice que por mala suerte, pero es porque quienes ingresan al edificio no soportan los intensos dolores de cabeza, el vómito, las quemaduras en la piel y la diarrea a todo lo que da.

Unas 4.000 personas tuvieron algún grado de exposición y miles más siguen viviendo dentro o cerca de fraccionamientos construidos con la varilla contaminada.

Pese al elevado número, hasta la actualidad no hay certeza de cuántas víctimas con padecimientos a largo plazo dejó el incidente, además de que no hubo un seguimiento de las autoridades sanitarias sobre las personas más expuestas, y más bien se concluyó que el gobierno quiso ocultar la información, como en el caso de la leche radioactiva comprada en 1986.

Deneck Inzunza.